Acuerdo para la paz en Culiacán, el primero en su historia

Published on 1 de December de 2020

Decenas de años han pasado. Miles de asesinatos y víctimas de la violencia. Un incalculable número de balas disparadas. Toneladas y más toneladas de droga producida y vendida en las calles. Millones de dólares en la bolsa de narcotraficantes y servidores públicos… Y, después de todo eso, en 2020 se sembró la primera semilla de lo que puede convertirse en una reconstrucción social. Al menos, para Culiacán.

Desde la mitad del siglo XX, por fijar una fecha, el crimen fincado en el tráfico de drogas comenzó a establecer su poder, al aprovecharse de la corrupción y de la división social. Conforme con el acumulamiento de riqueza y el despliegue de roles necesarios para toda la cadena (producción-distribución-venta-inversión), penetraron estratos sociales que fueron útiles para el lucro criminal.

El trayecto no fue pacífico. Nunca lo fue. Cada día las noticias daban cuenta de los muertos que aparecían en los surcos agrícolas con orificios de bala.

Así llegó al siglo XXI, ya como crimen organizado en forma, y se esparció por todo México y el resto del mundo. El año 2008 fue un punto de inflexión, cuando el Cártel de Sinaloa, el más antiguo, se fracturó. La geografía del crimen creció y se reconfiguró. Y, mientras el crimen se organizaba, la sociedad avanzó separada, desunida, con miedo, en un Culiacán con dos estados yuxtapuestos: el de la barbarie y el de la razón.

Donde no llega el Estado está la ley y la justicia del capo. Donde el Estado pone límites, el ácido del dólar los corroe si lo requiere algún negocio ilegal.

El año 2019 puede convertirse en otro punto de inflexión si la sociedad lo decide y trabaja. El 17 de octubre de ese año, las fuerzas federales mexicanas sufrieron la mayor derrota en una batalla. Al intentar detener a Ovidio Guzmán, uno de los hijos de Joaquín Guzmán Loera, elementos de la Guardia Nacional fueron rodeados por las tropas del crimen organizado.

La ciudad fue sitiada y los ciudadanos quedaron atrapados en el combate entre la fuerza legal y la ilegal. Finalmente, las autoridades decidieron ordenar que se abortara el operativo de captura y se dejara ir a Ovidio Guzmán, con el argumento de evitar pérdidas de vidas de civiles.

El impacto de este suceso en la sociedad aún no ha sido estudiado científicamente. Hay quienes opinan que las personas que hasta entonces empatizaban con el narcotráfico se sintieron traicionadas. Esta es una hipótesis cuestionable, vista a un año de distancia, pues el mundo criminal camina como si nada hubiera sucedido.

 

Pero, sin embargo, sucedió. El 15 de octubre de 2020, organizaciones de la sociedad civil y la Secretaría de Seguridad Pública firmaron el Acuerdo de Paz para Culiacán, que tiene como objetivo construir la ruta hacia la cultura de la legalidad de manera colaborativa entre sociedad y gobierno.

El documento declara que:

«Se trata de un acuerdo “semilla”, porque no es amplio ni acabado. La cultura de la ilegalidad y la violencia ha permeado por tantos años en la conciencia social que se requieren toda una gama de acciones concretas para posicionar la cultura de la legalidad como el incentivo primordial para alcanzar la paz y el desarrollo. Para conquistar la aspiración, según la cual, vivir en el Estado de Derecho tiene sus recompensas. Este es un primer paso. Un primer logro que nos motive a buscar otros más, al sumarse más sociedad civil y más gobierno en la construcción de incentivos positivos. En la unión social para la paz».

Al proyecto impulsado por la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, el Fondo Resiliencia e Iniciativa Sinaloa, se sumaron las organizaciones civiles Consejo Estatal de Seguridad Pública, Sabuesos Guerreras y Construyendo Espacios para la Paz. Asimismo, se sumaron el Grupo Editorial Noroeste, como medio de comunicación, la investigadora Iliana Padilla, y Cristóbal Castañeda, Secretario de Seguridad Pública.

Este acuerdo es el primero en su historia en Sinaloa. Está inspirado en el esfuerzo de la sociedad palermitana a finales del siglo XX, de la mano del entonces alcalde de Palermo (Italia) Leoluca Orlando. Si bien establece compromisos iniciales – como el fortalecimiento de programas de acompañamiento a jóvenes reincidentes en faltas administrativas o delitos menores, y la implementación del Servicio Profesional de Carrera en corporaciones policiales –el compromiso elemental es el trabajo organizado, transparente y medible.

Estos son los compromisos signados:

  • Trabajar bajo los principios de colaboración, solidaridad, transparencia proactiva, máxima publicidad, responsabilidad e integridad.
  • Elaborar un plan de trabajo con el objetivo de llevar a cabo los compromisos iniciales, pero, además, para generar y promover incentivos positivos para la generación de conciencia de la Cultura de la Legalidad.
  • Crear un comité operativo para la gestión y seguimiento del Acuerdo.
  • Sumar más actores civiles y entidades gubernamentales al Acuerdo.
  • Gestionar fondos para la sostenibilidad del Acuerdo y plan de trabajo.
  • Monitorear el seguimiento y resultados del plan de trabajo.
  • Difundir proactivamente a la sociedad en general los avances y resultados del plan de trabajo.

Sin duda, este acuerdo es simbólico, pero no por ello deja de ser de suma importancia. Es la semilla que, si regada con constancia, esfuerzo, honestidad y colaboración, puede cambiar la historia de una ciudad lastimada por el crimen organizado.

Si llevamos al Estado donde está ausente, la cultura de la legalidad podrá florecer. Pero requiere trabajar con prioridad y generosidad. El Acuerdo de Paz para Culiacán da esperanza pero también es un reto: Culiacán tiene que querer el cambio.

Acerca del autor

Francisco Cuamea Lizárraga es un periodista nacido y criado en Culiacán. Durante 18 años trabajó como periodista en Noroeste, periódico de Sinaloa. También publicó reportajes y otros textos en Newsweek, El Universal, Ríodoce, Animal Político y Aristegui Noticias. Cuamea es uno de los socios fundadores de Iniciativa Sinaloa, organización sin fines de lucro especializada en transparencia y acceso a la información. Ha ganado múltiples premios en periodismo de investigación, y en 2014 fue seleccionado como becario de la Edward R. Murrow Press Fellowship. Actualmente, Cuamea es director del Buró de Información Estratégica, consultoría especializada en investigación, análisis de datos y comunicación estratégica en México y Centroamérica.


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