Jornada de resiliencia para familias de periodistas asesinados y desaparecidos

Era la tarde del jueves cuando los invitados de Griselda empezaron a llegar a la Ciudad de México. Se sentía la emoción de todos por estar en la capital, el asombro por su enormidad y sus tumultos de gente. Por la noche, se reunieron a cenar en el restaurante del hotel que los hospedaba. Hasta ese momento todas las conversaciones habían sido respecto al viaje.

Cuando llegó Balbina -amable, pero seria-, los tiempos también se tornaron serios. Griselda tomó la palabra y sin más formalismos empezó a repartir instrucciones para la junta del día siguiente. “Sus casos ya los conocen,” dijo, “Sean claros y precisos respecto a sus peticiones”. Cuando se les preguntó si querían ver al fiscal uno por uno, para que revisara sus casos individualmente o juntos, solamente uno se pronunció por entrar solo. Las demás fueron claras y Frida la más:

Hemos llegado hasta aquí juntos y juntos vamos a entrar.

Y así, entre la cena y los viajes, uno a uno empezaron a deshojar los detalles de sus pesares: el miedo por perderlo todo, la zozobra de los casos olvidados en los juzgados, y el temor por su vida misma. De pronto, esas mujeres que llegaron y me saludaron sonrientes, se mostraron frágiles. Y en esos ojos llorosos empecé a ver esas historias de las que ha escrito Griselda durante los últimos meses.

Griselda Triana era la esposa del periodista Javier Valdez, hasta que él fue asesinado en Culiacán, México el 15 de mayo de 2017 afuera del semanario Riodoce, del que fue cofundador. Desde ese día, Griselda no ha dejado de luchar, aun cuando se siente abatida. Su reclamo de justicia por la muerte del padre de sus dos hijos ha sido implacable. Los primeros días después del asesinato fue espiada por el mismo gobierno federal. Tuvo que huir de su hogar y restablecer a su familia lejos de Sinaloa donde todavía operan con impunidad socios del grupo criminal que mató a Javier. Ahora cuenta con la seguridad armada que le brinda el nuevo gobierno, y la primera sentencia para uno de los autores materiales del asesinato. Pero en México, el camino de la justicia es largo. Aun así, en medio de la depresión y el desespero, Griselda marcha en las calles y atiende cada invitación para pedir justicia por los periodistas asesinados y desaparecidos, para hablar a favor de la libertad de la prensa, y denunciar la precaria atención a las víctimas de la violencia.
Monumento a la Revolución, Ciudad de México.

Desde el 2019 Griselda es beneficiaria del Fondo Resiliencia. Su proyecto trata de identificar las capacidades resilientes de las familias que dejan los periodistas muertos y desaparecidos en México. Ella se ha dado a la tarea de conocer a estas víctimas, de documentar sus casos y sus necesidades más apremiantes. Elaboró una herramienta para las entrevistas con el apoyo de Claudia Corona, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su trabajo se apoya además en la investigación y acompañamiento de Balbina Flores, representante de Reporteros Sin Fronteras (RSF) en México quien lleva años y largo camino recorrido siguiendo estos casos y visitando a estas familias.

En México hay más de 150 casos de asesinatos y desapariciones de periodistas acumulados en las dos últimas décadas, entre un sinfín de continuas agresiones a la prensa. La impunidad es casi total y rotunda. Estos casos han resultado en familias desamparadas y desplazadas de sus lugares de origen, hijos que han pasado sus vidas enteras en la búsqueda de sus padres, medios informativos que se cierran o se callan ante el miedo y la violencia. Mientras tanto, el estado en sus distintos niveles e instituciones se muestra omiso o incompetente para otorgar justicia.

Después de apenas unos meses de trabajo intenso, lo que Griselda ha logrado con el apoyo de la subvención del Fondo Resiliencia y la experiencia de sus compañeras, no es de poca importancia. Balbina y Griselda organizaron recientemente una reunión con el primer grupo de familias que Griselda ha entrevistado a través de su proyecto. Fue Griselda la que persuadió a las autoridades federales de recibirlos y escucharlos. Los familiares viajaron desde los estados de Michoacán y Chiapas a la capital mexicana para insistir en la revisión de sus casos y exigir las medidas de protección y reparación que cada uno requiere. Estuvieron presentes también los abogados de Propuesta Cívica, una asociación civil que provee apoyo legal a periodistas y defensores de derechos. En esa reunión, el Subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, se comprometió a dar seguimiento puntual a sus demandas y a petición de Balbina, se acordó establecer una mesa de seguimiento entre RSF y la Secretaría de Gobernación para hacer valer estos acuerdos.

Outside the Casa Refugio, the cultural centre that houses the Javier Valdez memorial in Mexico.

Después de una jornada intensa entre funcionarios y abogados, las familias se juntaron de nuevo para hablar de su resiliencia, en un taller ofrecido por Ana Gladys Vargas, terapeuta y fundadora de la organización Tech Palewi que ofrece apoyo sicológico a víctimas de la violencia. En un par de horas, hubo momentos para recordar juntos su tragedia y para verse reflejados en otros que comparten un mismo dolor. También hubo momentos para hacer pausa y respirar, y buscar entre tantos sentimientos y pensamientos aquellos que les dieran bienestar. Hubo momentos también para desahogar lágrimas y carcajadas. Y así, esa noche terminó entre abrazos, en el memorial de Javier Valdez que se hospeda en Casa Refugio. En esa pequeña biblioteca donde cuelgan fotos de periodistas asesinados, estaban presentes la esperanza y la ilusión que dan las promesas importantes por cumplir, y el sueño de que algún día la justicia alcance para todos.